miércoles, 31 de diciembre de 2014
Sobre lo mejor y peor de cada año.
Hace algunos años me sorprendía constantemente escuchar a unos colegas muy cercanos hablar del buen gusto y del mal gusto. Lo hacían como si de verdad existiera en el diccionario una definición universal para ello y como si ellos hubiesen sido seres iluminados o elegidos por algun ente sobrenatural como portadores de ese magnífico don, no solo para crear, sino para apreciar y catalogar al resto.
Es necesario decir que lo que me sorprendía en realidad era cuán a menudo sus juicios de valor coincidían con los míos. Muchas veces lograba apreciar una buena fotografía gracias a que ellos pasaban no pocas horas de su día hablando sobre buenos y malos fotógrafos. En incontables ocasiones me enamoré de música que hasta ahora escucho gracias al refinado criterio del que se jactaban mis colegas en cuestión. Dentro del mundo del diseño gráfico, artes visuales, fotografía y música hipster; -ámbitos en los cuales yo soy aún un gran ignorante- llegué a ser un aprendiz sin mayor evolución, creo que gracias a que lograba detectar con mucha facilidad incongruencias y agujeros en el brillante criterio de mis colegas.
Admiraba mucho lo que ellos admiraban, y llegué a descubrir arte que de otra manera jamás hubiera conocido, pero el gran obstáculo era que su mayor motivación no era estar vinculados como colectivo gracias a gustos en común, sino a odios en común. Nada en contra del odio. Solo que en ese entonces no lograba odiar lo mismo que ellos odiaban, y de hecho a veces habían cosas que a mí me gustaban tanto como esas nuevas que aprendía con ellos, pero ellos no aprobaban lo que yo amaba.
Descubrí que sencillamente, el espectro de mi criterio no era mejor ni exclusivamente diferente que el de ellos sino que abarcaba un espectro de distinto tamaño y dejé de deprimirme. Cabe destacar que si tienes un espectro más reducido, es más fácil ser bueno.
Entendí todo esto cada vez que alguién criticaba con vehemencia las cosas que a mí me agradaban en extremo y que no me producían ni una molécula de vergüenza. Es difícil defender los gustos de uno. Esto principalmente en el ámbito musical, pues mi profesión está vinculada de todas las maneras con la música.
Con el tiempo, descubrí que cada persona, como yo, tenía no solo el derecho de hablar mal u odiar lo que no le gusta, si no que, así no fuese un derecho, el ser humano tiene una necesidad inherente de descalificar algo por simple diversión o por defensa propia.
Yo lo hago ahora más seguido, y se siente bien. No digo que esté bien. Pero se siente bien.
Algo que nunca intento hacer es meterme con el derecho que alguien más tiene de odiar algo diferente. Para ser más claro, lo que intento decir es que, nunca trato de hacer cambiar de forma de pensar a alguien en base a mi criterio. Yo soy simplemente un ente con la misma autoridad en el mundo que la reina de china o el papa. Entender eso me ha permitido conseguir reputación en base a un talento comprobable, y la gente que coincide con mi criterio, termina haciéndolo gracias a un respaldo un poco más real que las palabras y el ingenio verbal.
Aborrezco a toda la gente que se autoproclama tácita o explícitamente, sarcástica o ingenuamente como bendecida por sobre el resto de sus congéneres: Los musicólgos, los melómanos, los críticos de fotografía, los diseñadores de moda, los locutores de radio y en fin, una gran serie de personajes que así no entren en estos campos, tienden a llamar la atención de prosélitos con la inferior técnica de descalificar o sobrecalificar algo que se centra en sus propios criterios.
Hay por ejemplo estas listas que cada fin de año pululan por la web centrando la atención en lo mejor, lo peor y lo feo que tuvo lugar en el año que muere. Títulos altisonantes como: Lo mejor de, lo esencial de, lo especial de, entre otros que llaman al lector a primero que nada identificarse con el criterio de quien escribe antes de evaluar en si mismo el contenido de su propuesta.
A pesar de que mis proyectos rara vez quedan fuera de estas listas, no me siento halagado ni satisfecho, más bien mi ánimo en contra de quienes se quieren llevar el crédito por tener el buen gusto de incluir tales o cuales, crece y se desarrolla.
Es muy difícil entender mi estructura de pensamiento a menos que estés tan enojado con tu propio ego como con el ego de los demás.
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